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Sebastián de Belalcázar, un símbolo colonial

 

Por: Harold García-Pacanchique

El juicio popular desarrollado por los Piurek -Hijos del Agua- descendientes de los Pubenences, al derribar la estatua de Sebastián de Belalcázar, el 16 de septiembre del 2020 en el llamado Morro de Tulcán, ubicado en la ciudad de Popayán, Cauca, desató un debate nacional que sitúa una vez más la necesaria discusión sobre la colonización cultural que los pueblos del Abya Yala (actual América) sufrieron a través de la barbárica conquista española.

La movilización-acción del pueblo Misak para derribar los símbolos de violencia en contra de su pueblo no pertenece a un simple acto violento, como los medios criollos lo pretenden mostrar, pues, pertenece a una movilización anticolonial que en el siglo XXI cada vez es más contundente y radical, donde se propone una revisión crítica de la historia oficial y una nueva configuración del relato común y científico de los hechos históricos, es por ello que al derribar la esfinge de Belalcázar, se da un paso en la construcción de una historia contada desde abajo, donde participen las voces de la resistencia anticolonial de la larga noche de los 500 años.

Aspecto de la estatua de Sebastián de Belalcázar derribada por el pueblo Misak en Popayán, Cauca

Un conquistador genocida

Sebastián Moyano y Cabrera, más conocido como Sebastián de Belalcázar, nombre que asumió de su castellano pueblo, quizá para limpiar su linaje de plebeyo con el que cargaba el funesto conquistador, nació en 1480 y llegó por primera vez a territorio “americano” en 1507 e inició su cruzada despojadora en las selvas del actual Darién panameño hacia los años de 1514, donde al mando de Pedrarias Dávila y Hernández Córdoba recorrió Mesoamérica como capitán de los ejércitos conquistadores, recorrido que dejó a su paso alrededor de 800 mil indígenas asesinados, según las crónicas de Fray Bartolomé de las Casas, citadas por Alberto Ramos en su columna “Sebastián de Belalcázar: oro, tierras y genocidios”, para el Diario Occidente.

Tras su paso por los actuales Panamá, Nicaragua, Guatemala, Honduras y México, decide emprender junto a Francisco Pizarro, conquistador y genocida de los pueblos Incas del Tahuantinsuyo, en el año de 1531 la que sería la expedición que mayores réditos económicos le dejara a la corona española, en estas expediciones se utilizaron las mismas formas de despojo que reencaucharon de la experiencia Mesoamericana, fue así, que allí prevalecieron prácticas de violencia como las expuestas por Ramos:

Esa forma de operar se resume así. 1) Solicitaban el oro y las joyas a los caciques de las etnias, 2) luego robaban en las casas de las aldeas,3) saqueaban las tumbas porque los indígenas enterraban a sus difuntos con piezas de oro, 4) secuestraban a los hijos de quienes ellos presumían tenían oro sin entregar, 5) declaraban la guerra a los rebeldes e insumisos, 6) esclavizaban a los indios para trabajar en las minas y labraran la tierra dentro de la “potestad” que les daba la encomienda tras la capitulación firmada, todo lo hacían a nombre del Rey, Dios y la Biblia (Ramos Garbiras, 2020)

Belalcázar ya con las experiencias colonizadoras de Mesoamérica y el Tahuantinsuyo, emprende su propia empresa hacia el norte de la actual Sur América, expedición colonizadora que lo llevará a desarrollar conquistas económicas propias, convirtiéndose en gobernador de nuevos territorios, “Belalcázar venía del Ecuador, eliminando indígenas, almacenando oro, perlas y joyas; quemaban las aldeas con casas de techo de paja, a los sobrevivientes los herraban para tomarlos como esclavos” (Ramos Garbiras, 2020), el conquistador no sólo arrasaba con los bienes naturales de los territorios de los nativos, también implementaba la crueldad y la sevicia para elevar el nivel de represión y miedo de los indígenas que pisoteaba a su paso.

Este era el talante del ídolo blanco que las castas criollas de Popayán como la familia Valencia hoy defienden y que pretenden endosar a una estatua que no es más que un monumento a la barbarie, el despojo y a la violencia en contra de los pueblos indígenas. Belalcázar no sólo merece el retiro de su estatua por siempre en el Morro Tulcán, sino que, debe ser eliminado de la historia fundadora de las principales ciudades del suroccidente colombiano.

El juicio popular

DELITOS QUE SE LE IMPUTAN: Genocidio, despojo y acaparamiento de tierras, desaparición física y cultural de los pueblos que hacían parte de la Confederación Pubenence, tortura por medio de técnicas de empalamiento y ataque con perros asesinos a los fuertes guerreros Misak Pubenences y asesinatos de Taita Payan, Taita Calambas y Taita Yasguen. Hurto del patrimonio cultural y económico de la herencia Pubenence, repartición arbitraria de tierras, esclavitud por medio de la institución de las encomiendas, despojo forzado del NUPIRɵ -gran territorio Pubenence-, violación de mujeres, esclavización de la mano de obra indígena para enriquecimiento ilícito. Imposición de costumbres y creencias como el cristianismo, profanación de sitios sagrados y desarmonización espiritual. Todo lo anterior con los siguientes agravantes: las conductas anteriormente descritas fueron realizadas con sevicia y dolo, bajo la voluntad deliberada de cometer un delito a sabiendas de su arbitrariedad.1

Estos fueron los delitos imputados por los Piurek, donde quedan claros los crímenes del conquistador al que no sólo se le atribuyen delitos hoy tipificados de lesa humanidad, sino que, también cuestiona el papel del supuesto fundador de algunas ciudades de las actuales repúblicas de Ecuador y Colombia, como las de San Francisco de Quito, Santiago de Guayaquil en el Ecuador, Santiago de Cali y Asunción de Popayán en Colombia, elemento que desconoce la historia de un acaparador de tierras y asesino de indígenas en nombre de la evangelización y la “civilización” europea.

El juicio, la profanación y remoción de la escultura de Belalcázar de un sitio sagrado de los Pubenences, no puede ser tipificado como delito, vandalismo y afrenta a la cultura y tradiciones nacionales; todo lo contrario, es un acto de dignidad, respeto a la pluriculturalidad, un llamado a resignificar la cultura de la paz y del respeto por la historia de las víctimas del etnocidio cometido por los españoles, los portugueses, los ingleses y los franceses.

El juicio de los Misak como directos descendientes de los Pubenences es un acto de verdad y justicia ante la ignominiosa larga noche de los 500 años. Bien diría el filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel, que se debe revalorizar lo propio para así empezar un verdadero proyecto de felicidad, la cual va profundamente ligada a la descolonización epistémica, que permita avanzar en un proyecto de sociedad propio desde el Abya Yala.

Referencias

Ramos Garbiras, A. (18 de Septiembre de 2020). Diario Occidente. Recuperado el 18 de Septiembre de 18, de Sebastian de Belalcazar una estatua para resignificar: https://occidente.co/opinion/columnistas/sebastian-de-belalcazar-una-estatua-para-resignificar/

Ramos Garbiras, A. (18 de Septiembre de 2020). Diario Occidente. Recuperado el 18 de Septiembre de 2020, de Sebastián de Belalcázar: oro, tierras y genocidios.: https://occidente.co/opinion/columnistas/sebastian-de-belalcazar-oro-tierras-y-genocidios/

1 juicio de los Piurek -hijos del agua- descendientes de los Pubenences a Sebastián Moyano y Cabrera alias Sebastián de Benalcázar, quien la historia de la voz racista y colonial lo describe como el conquistador de “Popayán”.

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